SEXO, PUDOR Y LÁGRIMAS (O DE CÓMO SOBREVIVIR AL AMOR CONTEMPORÁNEO).

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Escrita por Erick Suaste-Molina.

KINETOSCOPIO RETRO es un espacio en el que comentamos películas estrenadas entre 1950 y 1999, que han dejado huella –para bien o para mal- en la historia del cine.

Pareciera que se tiene la idea, de que el cine mexicano no es competente al momento de producir películas “de género”. Con lo anterior no nos referimos a la perspectiva de género tan en boga actualmente, que aborda la visión femenina y/o masculina del mundo. No, hablamos de géneros cinematográficos tales como el terror, la ciencia ficción (dos terrenos donde el cine tienen una fructífera historia, créanlo o no), y la comedia. Esta última siempre se nos ha dado muy bien, desde la comedia ranchera de la época de oro, pasando por las comedias de situaciones dicharacheras producidas desde los ochenta, lo cual también dio lugar a nuestra propia serie B con los videohomes, comedias “picantes” tipo La Portera Ardiente y propuestas con un humor más blanco, como el caso de Cilantro y Perejil (Rafael Montero, 1995).

Claro, hemos dado un salto cuántico, pues en medio de esa historia se construyeron los casos de famosos comediantes como Cantinflas, Tin Tan, Clavillazo, Mauricio Garcés y hasta Capulina, entre muchos, muchos otros. Pero con la cinta de Montero, se dio un giro interesante a la comedia mexicana. La sacó del terreno del videohome, cine de ficheras, albañiles y barrios bajos, posicionando a los personajes de los filmes por venir en la clase media, por tanto, abordó otras cuestiones que no se relacionaban directamente con el folclor del barrio. Hubo otro aspecto de la mexicanidad orientado en el caso de la comedia, a la representación de una clase social que en los noventa, sufrió los estragos de la crisis económica surgida desde inicios de la década; ello trajo consigo un resquebrajamiento de la institución amorosa, así como de las amistades y el núcleo familiar. De eso se encargó Cilantro y Perejil y para finales de los noventa, la crisis de los treinta y del amor contemporáneo se abordó en una de las películas mexicanas más taquilleras de nuestra historia.

CASO: Sexo, pudor y lágrimas (Antonio Serrano, 1999), basada en la obra de teatro homónima, también escrita por Serrano.

RECONOCIMIENTOS: Cinco premios Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, entre ellos, Mejor Actriz para Susana Zabaleta, además de guión adaptado y dirección de arte.

La demanda social en el cine mexicano se volvió muy popular, al grado de ser casi un género. No obstante, si la pantalla grande servía como medio para mostrar a la gente algo de nuestra construcción de la realidad, había que aprovecharla no sólo para reflexionar sobre la violencia y la corrupción en los diferentes estratos de la ciudad de México. Como toda sociedad con instituciones morales, también se podría reflexionar sobre las afectaciones de los ciudadanos en sus núcleos de vida cotidianos, de ahí que Sexo, pudor y lágrimas tuviera éxito, pues abordó mediante la comedia, el amor contemporáneo, la crisis por mantenerlo y el sufrimiento por perderlo. Todo ello, a través de seis personajes, tres hombres y tres mujeres, que pertenecen a un círculo social alto, pero atraviesan por la crisis de los treinta, provocada por la incapacidad de mantener sus relaciones de pareja estables. Ello es producto de diversas situaciones: Andrea (Cecilia Suárez), una ex modelo frustrada, sufre el abandonó y violencia física de Miguel (Jorge Salinas), quien no pone atención a su matrimonio debido a los objetivos de crecimiento que se ha impuesto para su carrera ejecutiva, medio en el cual necesita de una esposa trofeo. La relación de ambos se complica cuando María (Mónica Dionne) llega de un viaje del extranjero, tratando de huir del recuerdo de un amor no correspondido.  Decide quedarse en el departamento de Miguel y Andrea contra los deseos de Andrea, quien sospecha de un pasado amoroso entre María y Miguel.

susana-zabaleta            Del otro lado están Ana (Susana Zabaleta) y Carlos (Víctor Hugo Martin), cuyo matrimonio se viene abajo por la impotencia sexual de él y por ende, la insatisfacción de ella. A ese asunto se suma la frustración de Carlos por no poder concluir una novela, estando en un bache creativo que no le permite poner atención a su esposa, le impide crecer económicamente y por tanto, ambos viven del dinero de la madre de Carlos, quien sutilmente repudia a Ana. Un tercer elemento complica la relación, pues la llegada de Tomás (Demián Bichir), ex amigo de ambos y amor de juventud de Ana, corrompe al matrimonio con ideas liberales sobre el sexo, el amor y las buenas costumbres. Un acostón entre Ana y Tomás es el detonante de la salida de Ana, quien se va a vivir al departamento de Andrea. Por su parte, Miguel, luego de tener también su acostón con María, es expulsado de la casa por su esposa.

            Así, se forman dos bandos: hombres contra mujeres representan esa guerra de sexos tan arcaica, pero vigente. Además, la película se enriqueció al presentarse en un marco en el cual, la sociedad mexicana enfrentaba de cara a la entrada del nuevo milenio, el reconocimiento de las diferencias de género (aquí sí nos referimos a la perspectiva “de género”), la emancipación de la mujer en una sociedad donde cada vez más se demostraba que las mujeres proveían para el hogar, podían mantenerse solas, apoyar al marido o tener la libertad de decidir sobre su cuerpo, su dinero, su familia, su vida amorosa y tiempo libre. Esto no siempre fue así, y al menos en México, al final de los noventa y frente a una nueva generación de adultos jóvenes, se comenzaron a visibilizar y reconocer éstas diferencias, éstos derechos que tanto hombres como mujeres tenemos, los cuales son difíciles de mantener en armonía cuando se trata de un matrimonio.

            En ese sentido, Sexo, pudor y lágrimas sumó tendencias importantes al “nuevo” cine mexicano en materia de representación de nuestros universos simbólicos: no es la violencia de la calle, no son los asaltos ni el crimen organizado de lo que tanto se suele hablar en nuestro cine. Era algo poco explorado en ese momento: la crisis de nuestras instituciones fundacionales; la pareja ya no es como no la pintó el siglo pasado, la sociedad machista, si bien no desaparece, comienza a ser cuestionada. Las mujeres son libres aún dentro del matrimonio; los hombres por nuestra parte, tenemos sentimientos, nuestras conductas también son determinadas en parte por frustraciones asociadas al estatus social, a las expectativas que la sociedad pone en nosotros, entre otras cosas. Cuando se regresa a casa, todo ello puede afectar, para bien o para mal, nuestras relaciones personales. Por ello, esta película es parte fundamental de esa racha de filmes que mostraban parte de nuestra realidad cambiante.

 sexo-pudor-lagrimas-demian-bichir-1368249           Al final de los noventa y en lo que va del siglo XXI, nuestra configuración del amor ha cambiado. Las parejas se juntan, pero no es necesario el matrimonio. Los dinks (double income, no kids) parejas que no desean hijos y se apoyan mutuamente en el nivel económico, comienzan a crecer en México y el mundo; hemos llegado al punto donde no son sólo hombre y mujer, sino parejas del mismo sexo las que se unen. Sí, en la forma, la película de Antonio Serrano era una comedia acerca del conflicto amoroso de seis amigos; en el fondo, es un discurso acerca de la transformación de las relaciones de poder entre hombres y mujeres al formar una pareja, y de cómo ello es provocado por el contexto social en el que vivimos. Nuestro proyecto de vida es una suma de voluntades; mantener un matrimonio es posible si por un lado, el estado proporciona los medios, pero por otro, depende de nosotros aprovecharlos, para tener estabilidad emocional. Sobre todo, depende de nosotros reconocer las diferencias y vivir con ellas.

            Cuando pienso Sexo, pudor y lágrimas de ese modo, ya no es una simple comedia que entretiene por un rato; es representación de ciertos universos simbólicos con los que estamos en contacto, he ahí el valor de la película. Formalmente, la cinta muestra oficio, es decir, Serrano sabe encuadrar, aprovecha bien la luz natural y los espacios en tonos blancos y azules para no complicar el diseño de arte; el montaje sufre de algunos cortes abruptos, como de edición de Televisa, pero se puede pasar en tanto que no afectan los movimientos narrativos ni el estado de ánimo de los personajes. Estos últimos son, creo, lo más importante. Seis actores, en aquel entonces estrellas prometedoras (la mayoría de esas promesas se cumplieron para bien) encarnan seis personajes que podrías encontrarte en la calle, sin necesidad de saber si son ricos o pobres.

            De todos, los más honestos son Miguel (un Jorge Salinas que decidió atorarle a las telenovelas), arquetipo del hombre machista mexicano que al final, no se queda con la chica. Andrea (Cecilia Suárez, de las pocas actrices rentables y talentosas del cine en México), quien sufre los estragos de la actitud de Miguel, y quien de todas, decida ejercer su derecho a liberarse de una situación que no la hace feliz y finalmente, Carlos (Víctor Hugo Martin, promesa no cumplida de la actuación), quien representa de forma muy graciosa a un intelectual bueno para nada, quien vive de becas, de la mamá y de los sueños de éxito, como le sucede todavía a muchos en éstas épocas. Con lo anterior, no quiero decir que el resto de los actores tuviera un mal personaje o no actuaran bien, pero sí creo que los tres antes mencionados son memorables.

            El tema del amor y la pareja fueron bien representados tanto en ésta como en Cilantro y Perejil, aunque desde luego, hay otras. De lo más reciente, sólo es Manolo Caro quien ha logrado representar con humor fino y sin exageración, la crisis del treintañero contemporáneo en Amor de mis amores. La comedia romántica en México está atravesando por un período productivo en taquilla, pero nada tiene en el fondo. Por ello, Sexo, pudor y lágrimas es referente obligatorio. 115 millones de pesos de recaudación y 27 semanas en cartelera fueron un hito en la historia del cine mexicano de fin de siglo. Asimismo, fue augurio de una época memorable que exhibió buenos filmes, desde Todo el Poder, El Segundo Aire, Amores Perros, La Ley de Herodes, Un Mundo Raro, entre otras más. Sí, la primera década del siglo XXI fue buena. Lo de hoy, francamente, es malo (por no decir otra cosa y claro, hay excepciones).

Sexo, pudor y lágrimas (1999).

Director: Antonio Serrano.

Guión: Antonio Serrano.

Protagonistas: Susana Zabaleta, Demián Bichir, Cecilia Suárez, Mónica Dionne, Jorge Salinas, Víctor Huggo Martin, Angélica Aragón.

109 minutos.

Erick Suaste

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