La mosca, metamorfosis repulsiva

Kinetoscopio Retro

La mosca (1986) de David Cronenberg

Por Marcos Aguirre Salcedo

 

Esta película fue estrenada a mediados de la década de los ochenta, una en la que la cinematografía se preocupaba por explorar temas que van mucho más allá de lo humano y lo terrestre. Por ejemplo, historias sobre monstruos paranormales, criaturas desconocidas, extraterrestres, viajes espaciales y en el tiempo, sociedades utópicas y distópicas, capacidades humanas potenciadas al máximo, tecnología descontrolada, entre muchos otros tópicos que se muestran temerosos por nuestra condición y el rumbo –incierto, quizás– que tomamos hacia el futuro. Sin embargo… ¡ah!, se me ha atravesado una mosca, de tamaño exagerado, frente a mis ojos; molestándome mientras escribo esto. La asusto con mi mano y, afortunadamente, se ha ido.

Así como este insecto se me ha cruzado, como ha pasado contigo o con muchos otros, y me ha interrumpido, también lo ha hecho en La mosca (The Fly, Estados Unidos, 1986), dirigida por David Cronenberg, pero esta vez con el científico Seth Brundle (Jeff Goldblum), quien –desmedido en sus actos– busca probar su reciente invención consigo mismo, introduciéndose en un “telepod” para transportarse a otro, sin notar que una mosca entró junto con él. De este modo, sus genes se mezclan con el del insecto; dando lugar a una metamorfosis kafkiana en la que un hombre se convierte, en cuestión de pocos días, en una repulsiva mosca gigante.

Para el director canadiense la importancia de la transformación –del devenir mosca– no recae en sus consecuencias posteriores sino en los cambios físicos, mentales y emocionales que sufre Brundle en el momento. Como el surgimiento de pelos extraños en su espalda, la perdida de dientes y uñas, la expulsión de ácido de su boca para poder comer como una mosca o el desprendimiento de su piel, estos cambios y otros más se presentan en el filme con gran plasticidad –de la mano de Chris Walas y Stephan Dupuis–, tirándole al gore, apareciendo a manera de crescendo, pues su intensidad va aumentando hasta que se vuelven insoportables al final de la película. Con ello transmite el sentir del hombre en tal estado de metamorfosis y ocasionan en el espectador sensaciones de incomodidad y desagrado.

Todo el tiempo se recurren a movimientos de cámara, como el plano secuencia, para mantener la tensión en la imagen y el suspenso por ver qué aparecerá dentro del cuadro. La música de Howard Shore y el exceso de humo en las secuencias dentro del laboratorio del científico proveen de una atmósfera terrorífica a la película. Así, la espera por saber cómo terminará la metamorfosis se hace larga, hasta que Brundle tiene la idea de detenerla, aunque deba pedirle a Verónica (Geena Davis), la atractiva periodista con la que tiene un romance, que lo ayude. Ella se ha enamorado de él, pero sabe que su relación no podría darse a menos que devinieran mosca juntos, como un solo ser continuo; cosa que le resulta inconcebible e indeseable.

Un error no previsto, ocasionado por un insignificante insecto, desembocó toda una transformación repugnante de hombre a mosca que, junto con otro error tecnológico, se desbordó, ocasionando al final una atrocidad terrible que pedía a gritos su muerte. Cosa que debió de ser así, pues la naturaleza tiene límites. Cronenberg nos demuestra que, muchas veces, intentar ir más allá de nuestras capacidades humanas puede representar un error impensable que deviene metamorfosis repulsiva y que termina de la peor manera posible.

La mosca que me molestó hace un rato sigue volando por ahí.

 

Marcos Aguirre Salcedo

Apasionado del arte, en especial del cine. Soy pseudocinéfilo y estudio Ciencias de la Comunicación en la UNAM.

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