El hombre elefante, de freak animal a ser humano

Kinetoscopio Retro

El hombre elefante (1980) de David Lynch

Por Marcos Aguirre Salcedo

 

El asombro por lo nuevo y lo desconocido es una capacidad inherente a los seres humanos que ha permitido su supervivencia. Esa cualidad suele volverse una fascinación –atracción desenfrenada– hacia alguien o algo. En el cine de David Lynch, genio indiscutible, se encuentran plasmadas múltiples fascinaciones que seducen a su autor, como los ciclos que inician y terminan en un mismo punto a manera de bucle o loop, personajes complejos con destinos inciertos inmersos en grandes misterios, el uso de un montaje fragmentado, sonido distorsionado que incomoda al espectador o la presencia de cuerpos extraños conocidos como freaks o fenómenos. Ésta última fascinación es compartida por muchos, pues se asombran de lo extraño y grotesco a la vez que temen de ello.

Es en El hombre elefante (The Elephant Man, Estados Unidos-Reino Unido, 1980), la segunda película dirigida por el cineasta estadounidense, donde se explora la marginación que sufren las personas con deformidades corpóreas o psíquicas. En la película se muestra la vida de John Merrick (John Hurt), un hombre inglés físicamente deforme cuya apariencia se asemeja a la de un elefante, quien es exhibido como un fenómeno de circo. Es descubierto por el Dr. Frederick Treves (Anthony Hopkins) y llevado a una clínica para ser cuidado y estudiado. La historia se ubica en una época, muy gringa, donde era común exponer a los seres conocidos como freaks ante un público invadido por el morbo, el miedo y discursos discriminatorios.

Lynch utiliza una estética con influencia del expresionismo alemán, mostrando contrastes de luces y sombras, para generar sensaciones de misterio y temor en el espectador. La narrativa de la película es lineal y se apega a los estándares del cine estadunidense clásico; aunque posee secuencias muy lyncheanas que rompen con lo anterior y que generan desconcierto. Las más memorables son la inicial, la cual presenta el rostro de una bella mujer –la madre de Merrick– y su caótico encuentro con un elefante; otra es la intermedia, que muestra una pesadilla del nombrado “hombre elefante”; y la última, que regresa al comienzo.

La película es un camino a la humanidad, y a la civilización según ciertas convenciones sociales, de un hombre que fue despojado de su condición primigenia: ser humano, debido a su irremediable deformación que lo hace parecer más animal o monstruo –freak al final de cuentas– que hombre. Crece bajo la indiferente carpa de circo y siendo propiedad de su autoproclamado dueño Bytes (Freddie Jones), quien lo humilla para enriquecerse sus bolsillos. Durante todo ese tiempo es tratado como animal-fenómeno –siendo discriminado, humillado y maltratado– y ha sido obligado a olvidar y ocultar su esencia humana detrás de su apariencia; ni siquiera es capaz de comunicarse. Esto termina hasta que es arropado por la caridad de un doctor interesado en él y a la inesperada atención de una reconocida actriz de teatro como Madge Kendal (Anne Bancroft). Gracias a esto obtiene, poco a poco, confianza en la civilización que primero le escupió y recupera su autoconciencia, su seguridad, sus habilidades humanas y aprende las reglas de la convivencia social; lo que representa un ingreso a la sociedad y –como suele hacerlo David Lynch– un retorno a sus orígenes, a su verdadero ser.

Marcos Aguirre Salcedo

Apasionado del arte, en especial del cine. Soy pseudocinéfilo y estudio Ciencias de la Comunicación en la UNAM.

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